domingo, 3 de octubre de 2010

Principios dirigentes para cualquier acto psicoanalítico (Eric Laurent).


En el Congreso de la AMP en Comandatuba en 2004, la Delegada General presentó una "Declaración de Principios" a la Asamblea General. Esta Declaración posteriormente ha sido estudiado cuidadosamente en las distintas escuelas. Los consejos han comunicado los resultados de sus estudios, observaciones y comentarios. A raíz de este trabajo que presentamos, a la Asamblea, estos "principios rectores de cualquier acto psicoanalítico", que les pedimos que adoptar.
 
Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la oración. Se trata de dos socios, el analista y el analizado, reunió en una sesión psicoanalítica individual. El analizado habla de lo que lo lleva allí, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma se engancha en la materialidad del inconsciente, hecho de lo que se han dicho con el tema, que lo han herido, y las cosas que son imposibles de decir y le causa sufrimiento. Un analista marcará el ritmo de las palabras del analizado y le permita a tejer el hilo de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que le permite, lo que se llama interpretación, es el poder real de lo inconsciente. La interpretación es evidente en ambos lados, analizado y analista. No tanto tienen la misma relación con el inconsciente, sin embargo, como ya se ha llevado a esta experiencia hasta el final, mientras que el otro no.
 
Segundo principio: Una sesión psicoanalítica es el lugar en el que las identificaciones más estables por el cual se adjunta un sujeto puede deshacerse. Un psicoanalista autorizará esta distancia de una de las costumbres, normas y reglas a las que se restringe analizar fuera de las sesiones. Se autorizará un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Él es capaz de templar el carácter radical de este cuestionamiento teniendo en cuenta la especificidad clínica de cada sujeto que se dirige a él. Él no quita nada más en cuenta. Esto es lo que define la especificidad del lugar un psicoanalista cuando él defiende ese cuestionamiento, la apertura y el enigma en cualquier tema que lo ha buscado. Por lo tanto, no se identifica con ninguna de las funciones que su interlocutor quiere hacerle asumir, ni con cualquier lugar de la maestría o un ideal que ya existe en la civilización. En cierto sentido, un analista es uno que no puede ser asignado a cualquier lugar que no sea el lugar donde el deseo se trate.
 
Tercer principio: Un analizado abordará un analista. Él va a atribuir sentimientos, creencias y expectativas como una reacción a lo que él dice, y quiere actuar sobre las creencias y expectativas que se anticipa. El desciframiento del significado en los intercambios entre el analizado y analista no es la única cosa en juego. También existe la intención del hablante. Se trata de recuperar algo perdido por el interlocutor. Esta recuperación de un objeto es la clave para el mito freudiano de la unidad. Se funda la transferencia que une los dos socios. Lacan formula que el sujeto recibe su propio mensaje del otro en forma invertida incluye tanto el desciframiento y el deseo de actuar sobre los cuales al que uno se dirige. En última instancia, cuando un el analizado habla lo desea, más allá del significado de lo que dice, para llegar a la pareja de sus expectativas, creencias y deseos en el Otro. Su objeto es el socio de su fantasía. Un psicoanalista, iluminado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propia fantasía, toma esto en cuenta. Se detiene de actuar en el nombre de esta fantasía.

Cuarto principio: El bono de transferencia supone un locus, el lugar "del otro", como dice Lacan, que no se rige por ninguna otra en particular. Es el lugar en que el inconsciente es capaz de aparecer con el mayor grado de libertad para hablar y, por tanto, para experimentar sus tentaciones y dificultades. También es el lugar en el que las figuras de una fantasía de la pareja se pueden establecer en el más complicado de sus juegos de espejo. Por eso una sesión psicoanalítica no permite de ninguna tercera persona, con la mirada externa al proceso real que está en marcha. Una tercera persona se reducirá a este locus del Otro.
Este principio excluye por lo tanto la intervención de cualquiera de las partes autoritarias, terceros que quieran asignar tanto un lugar para todos y un objetivo previamente establecido para el tratamiento psicoanalítico. La autoridad de la evaluación de un tercero que se inscribe en la serie de terceros, se afirma desde el exterior, de lo que está en juego entre un analizado, el analista de uno y el inconsciente.

Quinto principio: No existe un tratamiento estándar, ningún procedimiento general por el que se rige el tratamiento psicoanalítico. Freud usó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas y movimientos típicos al principio y al final de un juego. Sin duda, desde Freud los algoritmos que han hecho posible para formalizar el ajedrez han crecido en el poder. Cuando se conecta a la potencia de cálculo de un ordenador que hacen posible que una máquina pueda derrotar a un jugador humano. Esto no cambia el hecho de que, en contra de ajedrez, el psicoanálisis no pueda presentarse en forma de un algoritmo. Podemos ver esto en el propio Freud quien transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: el hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. Con el caso hombre lobo la historia clínica entró en crisis. Freud ya no era capaz de contener la complejidad de los procesos de desenvolvimiento dentro de la unidad de un caso. Lejos de ser capaz de reducirse a un procedimiento técnico, la experiencia de un psicoanálisis sólo tiene una regularidad: el de la originalidad de un escenario a través del cual toda singularidad subjetiva emerge. El psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada persona a producir su singularidad, su excepción.

Sexto principio: La duración de un tratamiento y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizados. La duración de los tratamientos de Freud fué variada. Había tratamientos que duró una sola sesión, como en el psicoanálisis de Gustav Mahler. También análisis que duró cuatro meses, como en el caso del pequeño Hans, un año como en el hombre de las ratas, varios años como en el hombre de los lobos. Desde entonces, la variación y la diversificación no ha dejado de crecer. Además, la aplicación del psicoanálisis fuera de la sala de consulta en centros de salud mental ha contribuido a la variación en la duración del tratamiento psicoanalítico. La variedad de casos clínicos y las variaciones en la edad en que el psicoanálisis ha sido aplicado permiten considerar que la duración de un análisis es ahora, lo mejor de los casos, definido como "a medida". El análisis continúa hasta el punto en que el analizado está suficientemente satisfecho con lo que ha experimentado para poner fin a su análisis. El objetivo no es la aplicación de una norma, sino un acuerdo por parte del sujeto consigo mismo.
 
Séptimo principio: El psicoanálisis no puede pretender en términos de una adaptación, la singularidad de un sujeto a alguna norma, reglas, determinaciones, o las normas de la realidad. El psicoanálisis ha descubierto la impotencia, sobre todo, en cualquier tema para lograr la satisfacción sexual completa. Esta impotencia se designa con el término "castración". Por otra parte, el psicoanálisis, con Lacan, ha formulado que es imposible que haya alguna norma en la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción y si no existe una norma, le corresponde a cada persona a inventar una solución en particular, basado en su síntoma. La solución de cada persona pueden ser más o menos típica, más o menos establecidos en la tradición y las normas comunes. Es posible que en el deseo contrario a recurrir a una ruptura o clandestinidad en particular. Queda menos cierto que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene solución "uno para todos". En este sentido, esta relación sigue siendo marcada con el sello de lo incurable, y siempre habrá algo que falla. En los seres hablantes, el sexo se deriva del "no todos".

Octavo principio: La formación analítica no puede reducirse a las normas de formación universitaria o de la evaluación de lo que ha sido adquirido en la práctica. La formación analítica, desde que se estableció como un discurso, se apoya en tres pilares: seminarios de formación teórica (para-académicas), el psicoanalista en la formación de empresa de un psicoanálisis a su punto final (de los que proceden los efectos del entrenamiento), la transmisión pragmática de la práctica en la supervisión (conversaciones entre pares sobre la práctica). Freud en un momento creyó que era posible determinar una identidad psicoanalítica. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las generaciones múltiples que se han sucedido desde hace más de un siglo han demostrado lo ilusorio de esta definición de una identidad psicoanalítica. La definición de un psicoanalista incluye la variación de esta identidad. Es esta misma variación. La definición de un psicoanálisis no es el ideal, que incluye la historia del psicoanálisis mismo, y de lo que se ha llamado el psicoanálisis en el contexto de los distintos discursos.

El título de psicoanalista incluye componentes contradictorios. Se requiere un académico, universitario o equivalente, la formación, que se derivan de la atribución general de grados. Se requiere una experiencia clínica que se transmite en su particularidad, bajo la supervisión de los compañeros. Se requiere la experiencia radicalmente singular de un psicoanálisis. Los niveles de lo general, lo particular y lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es una historia de desacuerdos sobre las interpretaciones y de esta heterogeneidad. Forma parte de esta gran conversación del psicoanálisis que hace posible afirmar que es un psicoanalista. Esto se lleva a afirmar a través de procedimientos en las comunidades que son las instituciones psicoanalíticas. Un psicoanalista nunca está solo, él depende, al igual que una broma, de un Otro que lo reconoce. Este Otro no puede reducirse a una normativa, autoritario, reglamentario, estandarizado Otros. Un psicoanalista es aquel que afirma que él ha obtenido de la experiencia psicoanalítica lo que podía esperar de ella y por tanto, que mas ha pasado un "pase", como Lacan lo llamó. Aquí se da fe de haber cruzado por encima de un callejón sin salida. La interlocución de los que desea llegar a un acuerdo sobre este cruce se produce más en los entornos institucionales. Más profundamente, se inscribe dentro de la gran conversación entre el psicoanálisis y la civilización. Un psicoanalista no es autista. Él no deja de dirigirse al interlocutor benevolente, de opinión ilustrada, a la que desea circular y para llegar a los, a favor de la causa del psicoanálisis.

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